Desguace I Los cables sulfatados
El objeto no muere: entra al limbo del cobertizo. Queda varado en la mitad del deseo, tiritando entre el asco de la basura y el fetiche del atesoramiento, con una pata pudriéndose en la cripta y la otra encaramada en la hornacina. El terco que lo guarda se consuela con la mentira piadosa del «algún día ha de servir», pero ese día es un espejismo que jamás desembarca. La función caduca, se volatiliza, y lo único que sobrevive es la osamenta pelada de la forma, desmembrada y compartiendo cartel con otras vísceras mecánicas en un apareamiento involuntario: un engranaje mordiendo una tripa de caucho, la tuerca amamantando al cable ciego, la placa base tecnológica como una ciudad en miniatura para átomos que caminan, van de compras, toman café y patinan en invierno.
De ese hacinamiento de chatarra emana un vaho nutritivo: mugre, formas, colores indexados, texturas cobrizas; brochazos de casualidad revestidos de pan de oro. ¡Al cadalso la naturaleza muerta académica! ¿A quién le importan los gansos desplumados, las jarras de porcelana, los ajos y las flores tiesas, si la verdadera carne de este siglo sangra en los circuitos sulfatados y carcasas rotas que recuerdan rostros, crímenes o nubes pasando: pareidolia.
El orden huye a patadas y en este taller del caos donde la gravedad escora; desordenar el desorden no es ordenar sino dinamitar la compostura, soltar el freno de mano de la sintaxis y dejar que este pasajero maneje y se atropelle a si mismo.
Polisinfonía del desecho: trapos roídos, escamas de piel muerta, pelo, caspa, ácaros, polen, migas rancias y bacterias; acreción el polvo; pimienta en el desguace.
El orden, la proporción y la simetría encajan de golpe en un cortocircuito mental; es la imaginación violando al entendimiento, el chiste resuelto, la descarga de adrenalina que le alivia el cerebro mientras las piezas parecen respirar al mismo compás, latido de cobre, pulso de lata. Porque nos desguazamos a cada segundo, soltando pellejo y memoria para no bañarnos dos veces en el mismo viento. El cuerpo colapsa con la simbiosis polvo-presa: la taquicardia revienta el pecho, la cabeza se hunde en un vértigo sin fondo y la cara es ahora mitad sonrisa, mitad lágrima de ventura.
El Síndrome de Stendhal en negativo, un Taj Mahal en mármol negro, revolcado en la chatarra; este cerdo sí sabe apreciar las perlas; ¡no más perlas a los cerdos! Un zarpazo para encumbrar las piezas mutiladas del estiércol; paladear el hollín de la chimenea junto con la crema chantilly de una frutilla enlatada; recrearse en este alto contraste de iluminación policial de interrogatorio y la negrura espesa de un abismo insondable —el velo de la novia flotando en el aire exacto del día del divorcio—. La luz cenital que cae a plomo borrando las sombras del semiolvido dando de beber luz al buitre fino del artista que galopa en la montura de una liebre magenta por el campo azul verdoso de la entropía.
Jorge Miño
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